Pavel Martiarena Huamán

Pavel Martiarena reside en Puerto Maldonado, Perú. Es activista en Madre de Dios* y lucha contra la industria extractivista (la remoción de recursos naturales de grandes proporciones) en la región de la Amazonía. En reconocimiento de su labor, ha obtenido el primer puesto en la competición Alza la voz por la Amazonía. Pavel también es fotógrafo y gestor cultural.
*Una región al sudeste de la cuenca del Amazonas fronteriza con Brasil y Bolivia.

Me identifico mucho con esta campaña porque tiene mucha fuerza. No puedo describir con palabras la emoción que siento de poder formar parte de este espacio global para defender nuestra labor como activistas. La esperanza es lo que me ha traído hasta aquí, pero soy consciente de que no podemos vivir solo de sentimientos e ilusión. Tengo la oportunidad de demostrar mis capacidades, y la labor que he llevado a cabo en los últimos años en defensa de la naturaleza. Ha habido momentos buenos y malos, pero siempre me he sacrificado por mejorar y transformar mi entorno.

Para mí, esta campaña es una forma de progresar como activista. Este gran reto me parece como subir una montaña de 1000 metros que llevaba tiempo queriendo escalar. Ser una influencia positiva para otros activistas con labores similares en Perú y toda América Latina es una oportunidad única, no solo a nivel personal sino también colectivo, ya que demostraremos que podemos abordar los grandes retos a los que se enfrenta la humanidad, todo ello sin perder la esperanza ante la crisis climática.

El concepto de tratar de conseguir que quienes más contaminan paguen no es nuevo. El crecimiento de las industrias extractivas lleva muchos años causando estragos medioambientales y humanos, y esto ya ocurría antes de que centráramos nuestra atención en la crisis climática. Me gustaría hablarles de un período conocido como “los años del caucho”, en los que no existía conciencia global sobre estas prácticas: no se reparaba en la violencia y la masacre, y no se reconocía el daño que causaban los responsables. A finales del siglo XIX, la clase económica dominante, el Norte global, se apropió del látex natural (un tipo de caucho) que crecía en los bosques de toda la Amazonía por exigencias del mercado para fabricar neumáticos para las primeras series industriales de automóviles. Una navaja valía más que dos personas, un saco de sal o azúcar, más de cinco; las personas, en especial las comunidades indígenas, recibían un trato peor que los animales. Las violencias contra la naturaleza y la población alcanzaron tales niveles que muchas sociedades de América Latina se avergüenzan de esa época, puesto que hubo comunidades indígenas que fueron aniquiladas por completo. Sin embargo, otras huyeron y han resistido hasta la actualidad. En el contexto actual de crisis climática, hacer que quienes más contaminan paguen no es solo una reivindicación del momento presente, sino un reclamo de años de dolor, injusticias y abusos a la naturaleza y la población.

Esta campaña nos permite hablar de estas injusticias que atravesaron generaciones y puntos geográficos, y ese es el motivo por el que participo en esta campaña. Los dueños milmillonarios del mundo, que heredaron una riqueza que nos fue arrebatada, actualmente son responsables también de la situación en la que nos encontramos: una situación que los países del Sur global no han generado. Los milmillonarios se han apropiado de los recursos y han construido imperios con ellos; primero el oro, más tarde la plata, luego el caucho, y ahora el petróleo y el gas.

La campaña Que paguen los contaminadores, es la mejor manera de explicar la crisis histórica a la que nos enfrentamos, porque eleva nuestro llamamiento a la acción y señala a los responsables de la situación.